Liderar suele asociarse con una serie de capacidades: tomar decisiones, comunicar, delegar, desarrollar personas, gestionar conflictos, sostener resultados.
Pero ejercer el liderazgo también coloca a una persona frente a situaciones que pueden desafiar la manera en que se percibe a sí misma, aquello que necesita demostrar, su relación con el error, el control, la autoridad o la incertidumbre.
Por eso, desarrollar liderazgo no consiste solamente en incorporar herramientas.
También puede implicar conocernos en contextos en los que algo importante para nosotros está en juego.
El cargo no resuelve el liderazgo
Convertirse en gerente, director o responsable de un equipo modifica una posición dentro de una organización, pero no transforma automáticamente la estructura interna de quien ocupa ese lugar.
La persona llega al cargo con experiencia, conocimientos y capacidades, pero también con su historia, sus creencias, su autoconcepto, sus expectativas y determinadas maneras aprendidas de responder.
Y comienza a liderar desde ahí.
Puede haber aprendido técnicas para delegar y, sin embargo, descubrir que le resulta difícil soltar el control cuando siente que el resultado también habla de su capacidad.
Puede saber cómo recibir retroalimentación y ponerse a la defensiva cuando una observación cuestiona una decisión de la que estaba especialmente seguro.
Puede valorar la autonomía de su equipo y comenzar a concentrar decisiones cuando aumenta la incertidumbre.
No necesariamente existe una contradicción entre lo que sabe y quién es.
Puede existir una diferencia entre aquello que una persona sabe hacer y aquello que consigue sostener cuando cambia el contexto.
El contexto también lidera con nosotros
Imaginemos a un gerente de hotel.
Durante una temporada favorable, con buenos resultados y un equipo motivado, puede resultarle relativamente sencillo delegar, escuchar propuestas y permitir autonomía.
Ahora cambiemos las condiciones.
Baja la ocupación, aumenta la presión por los resultados, aparecen preocupaciones dentro del equipo y algunas decisiones empiezan a tener mayor peso.
El líder sigue siendo la misma persona.
Pero el contexto no es el mismo.
Y aquello que la situación significa para él también puede cambiar.
Quizás comienza a supervisar más. Se vuelve menos tolerante frente al error. Centraliza decisiones que antes delegaba o siente que tiene que resolver personalmente aquello que antes permitía que otros gestionaran.
No porque necesariamente haya dejado de saber liderar.
Puede ser que la nueva situación esté haciendo visibles aspectos de su funcionamiento que las condiciones anteriores no exigían observar.
Liderar también puede convertirse en un espacio de autoobservación
Aquí aparece una dimensión del liderazgo que me interesa especialmente.
Además de preguntarnos qué necesita el equipo, qué decisión debemos tomar o qué estrategia requiere la organización, podemos empezar a observar qué ocurre en nosotros mientras intentamos responder a esas demandas.
¿Qué situaciones modifican mi manera de comunicarme?
¿Cuándo empiezo a necesitar mayor control?
¿Qué tipo de error me cuesta especialmente tolerar?
¿Frente a quién me resulta más difícil sostener un límite?
¿Qué ocurre conmigo cuando no tengo una respuesta?
¿Qué significa para mí que alguien de mi equipo cuestione mi criterio?
Estas preguntas no eliminan la responsabilidad de liderar.
La profundizan.
Porque permiten observar no solamente qué hacemos como líderes, sino desde qué lugar estamos haciéndolo.