La conducta suele ser el lugar al que miramos primero
Cuando algo empieza a generar un problema, solemos identificar rápidamente aquello que debería cambiar.
“Tengo que aprender a delegar.”
“Necesito poner límites.”
“Debería controlar mejor mis reacciones.”
“Tengo que comunicarme de otra manera.”
Y muchas veces es cierto. Desarrollar habilidades, incorporar herramientas y modificar determinadas conductas puede ser necesario.
Pero existe otra pregunta que me interesa especialmente:
¿Por qué, sabiendo lo que debería hacer, sigo respondiendo de esta manera?
Porque una conducta no aparece aislada.
Lo mismo que vemos por fuera puede estar organizado por cosas diferentes
Imaginemos dos líderes que controlan constantemente el trabajo de sus equipos.
Desde afuera podríamos observar una conducta similar. Ambos intervienen, supervisan excesivamente y tienen dificultades para permitir autonomía.
Pero no necesariamente lo hacen por la misma razón.
Uno puede haber construido una fuerte asociación entre responsabilidad y control: si algo sale mal, siente que significa que él no hizo suficientemente bien su trabajo.
Otro puede tener dificultades para confiar porque experiencias anteriores reforzaron la idea de que, si no supervisa, las cosas no se hacen.
Incluso podría existir una razón completamente diferente relacionada con el contexto: un equipo nuevo, errores reiterados, falta de procesos claros o responsabilidades mal definidas.
Por eso observar una conducta no debería llevarnos automáticamente a diagnosticar qué existe detrás de ella.
Debería llevarnos a investigar.
¿Qué función cumple lo que hago?
Esta pregunta cambia bastante la manera de observarnos.
Una conducta que hoy genera un problema pudo haber cumplido —o seguir cumpliendo— alguna función.
Controlar puede ofrecer sensación de seguridad frente a la incertidumbre.
Evitar una conversación puede disminuir temporalmente el miedo al conflicto.
Complacer puede ayudar a proteger la aceptación.
Defendernos inmediatamente puede intentar proteger nuestra imagen o nuestra sensación de competencia.
La sobreexigencia puede estar vinculada con la necesidad de demostrar que somos suficientemente capaces.
Esto no significa que esas sean las causas de todas las personas que presentan esas conductas.
Significa que, además de preguntarnos qué hacemos, podemos empezar a investigar para qué lo hacemos.
Y comprender la función de una conducta no significa justificar sus consecuencias.
Podemos entender por qué alguien reacciona de determinada manera y, al mismo tiempo, reconocer que esa manera de actuar necesita cambiar.
El contexto también importa
Trabajar sobre nuestro mundo interno tampoco significa convertirlo en la explicación de todo.
Una persona puede tener dificultades para delegar porque existe una necesidad interna de control, pero también puede estar trabajando dentro de una organización donde las funciones no están claras.
Un colaborador puede responder defensivamente porque determinadas situaciones activan algo aprendido, pero también puede estar frente a un jefe que efectivamente se comunica de manera hostil.
Un equipo puede tener dificultades para confiar y, al mismo tiempo, trabajar dentro de una estructura que penaliza los errores.
La realidad externa existe.
Los sistemas, la cultura, los incentivos, los recursos, las relaciones y las condiciones de trabajo también participan en nuestra conducta.
El Posicionamiento Interno® no busca explicar todo desde el individuo. Busca incorporar una dimensión que muchas veces queda fuera: qué sucede dentro de la persona que interpreta esa realidad y responde frente a ella.