Cuando empezamos a encontrar lo que ya esperábamos
Aquí aparece otro fenómeno interesante.
Cuando una idea se consolida —“no puedo confiar en nadie”, “las personas son irresponsables”, “nunca me escuchan”, “siempre termino haciéndome cargo de todo”— podemos empezar a prestar especial atención a aquello que parece confirmarla.
En psicología, uno de los fenómenos que puede participar en este proceso es el sesgo de confirmación: la tendencia a buscar, interpretar o recordar información de una manera que favorezca creencias o hipótesis previas.
Pero reducir todo a un sesgo tampoco alcanzaría.
Porque nuestras interpretaciones pueden estar atravesadas por múltiples factores y, además, a veces aquello que observamos sí está ocurriendo.
Si un colaborador incumple repetidamente, existe un comportamiento que necesita abordarse.
Si un jefe grita, existe una conducta.
Si un proveedor no cumple los acuerdos, existe un problema.
Observar nuestros filtros no significa negar la realidad ni justificar al otro.
Significa evitar una confusión:
una cosa es lo que ocurrió y otra todo lo que mi mente construye a partir de ello.
Ambas cosas merecen ser observadas.
El problema de las palabras “siempre”, “nunca” y “todos”
Hay palabras que, cuando aparecen repetidamente, me resultan particularmente interesantes durante un proceso de trabajo.
“Siempre.”
“Nunca.”
“Todos.”
“Nadie.”
No porque estén necesariamente equivocadas, sino porque pueden señalar que una experiencia concreta se está convirtiendo en una conclusión mucho más amplia.
“Este colaborador incumplió tres veces” no es lo mismo que “nadie se compromete”.
“Mi director rechazó esta propuesta” no es lo mismo que “nunca escucha mis ideas”.
“Esta relación terminó mal” no significa necesariamente “siempre elijo mal”.
Las generalizaciones pueden ayudarnos a ordenar rápidamente la experiencia, pero también pueden reducir las alternativas que somos capaces de ver.
Y cuanto más definitiva es una interpretación, menos preguntas solemos hacernos sobre ella.
El otro también puede convertirse en una oportunidad de autoobservación
En aquel proceso con el empresario ocurrió algo más.
Mientras observábamos aquello que tanto le molestaba de su asesor, apareció una contradicción.
Él también postergaba respuestas.
También dejaba mensajes para después.
También había situaciones en las que otras personas esperaban algo de él y no recibían la respuesta en el momento que necesitaban.
Esto no convertía al abogado en responsable ni irresponsable.
Tampoco invalidaba la molestia de mi cliente.
Simplemente abría otra dirección para observar.
Hasta entonces toda la atención estaba puesta en:
“¿Qué está haciendo mal el otro?”
Y apareció otra pregunta:
“¿Qué puedo ver de mí a partir de lo que esta situación me está generando?”
Durante muchos años de trabajo he encontrado un enorme valor en ese movimiento.
Las relaciones nos exponen a situaciones en las que aparecen nuestras expectativas, nuestros límites, nuestras interpretaciones, nuestras necesidades y nuestras maneras habituales de responder.
Por eso el otro puede convertirse en una fuente extraordinaria de información sobre nosotros mismos.
No porque todo lo que nos moleste del otro sea una “proyección” ni porque seamos responsables de su conducta.
Sino porque nuestra respuesta frente al otro también habla de nosotros.
Del juicio a la observación
Cuando estamos completamente identificados con nuestra interpretación, la pregunta suele estar afuera:
¿Por qué hizo esto?
¿Por qué es así?
¿Por qué nunca cambia?
¿Qué le pasa?
Convertirnos en observadores introduce preguntas diferentes:
¿Qué ocurrió concretamente?
¿Qué estoy interpretando sobre lo ocurrido?
¿Qué evidencia tengo para sostener esa interpretación?
¿Existen otras posibilidades?
¿Qué está despertando esta situación en mí?
¿Cómo estoy respondiendo a partir del significado que le estoy dando?
Y hay algo importante: hacer estas preguntas no significa terminar concluyendo que estábamos equivocados.
Quizás después de observar encontremos suficiente evidencia para sostener exactamente la misma conclusión.
La diferencia es que ahora no estamos reaccionando solamente desde una interpretación automática.
La hemos podido observar.
Posicionamiento Interno®: observar desde dónde estamos mirando
Esta distinción forma parte de la mirada que desarrollo desde Posicionamiento Interno®.
Porque comprender nuestra conducta no implica solamente preguntarnos qué hacemos.
También requiere observar desde qué estructura interpretamos aquello que nos sucede.
El autoconcepto, las creencias, los aprendizajes, las experiencias relacionales, las expectativas y las formas que hemos desarrollado para responder a determinadas situaciones pueden participar, entre otros factores, en esa estructura.
Y esto tiene consecuencias tanto personales como profesionales.
Un líder no deja su historia personal en la puerta de una reunión.
Un colaborador tampoco.
La manera en que interpretamos el desacuerdo, la autoridad, el error, la confianza, la crítica, el reconocimiento o la incertidumbre participa en nuestras conversaciones, decisiones y relaciones.
Por eso trabajar únicamente sobre la conducta visible puede ser insuficiente cuando queremos producir un cambio más profundo.
Antes de responder diferente, a veces necesitamos aprender a observar desde dónde estamos construyendo aquello a lo que estamos respondiendo.
No para desconfiar permanentemente de nuestra percepción.
Sino para dejar de confundirla automáticamente con la única realidad posible.
Quizás la próxima vez que algo te genere una reacción intensa, antes de preguntarte qué le pasa al otro, puedas hacer una pequeña pausa y separar dos cosas:
¿Qué ocurrió?
¿Y qué significa para mí lo que ocurrió?
La distancia entre esas dos respuestas puede contener mucha más información de la que parece.
Sabrina Viviana Moreno
Estratega en Posicionamiento Humano
Conferencista · Autora
Creadora de Posicionamiento Interno®