Podemos comprender perfectamente por qué reaccionamos de determinada manera y volver a hacerlo al día siguiente.
Podemos reconocer que necesitamos controlar cuando sentimos incertidumbre, que evitamos determinadas conversaciones porque tememos el conflicto o que nuestra exigencia aumenta cuando sentimos que tenemos que demostrar nuestra capacidad.
Incluso podemos identificar cuándo comenzó esa manera de funcionar, qué experiencias pudieron participar en su construcción y qué función ha cumplido durante años.
Todo eso puede ser profundamente revelador.
Pero comprender no es lo mismo que transformar.
Cuando entender se convierte en el punto de llegada
Durante mucho tiempo hemos asociado el autoconocimiento con encontrar respuestas.
¿Por qué hago esto?
¿Por qué reacciono así?
¿Por qué determinadas situaciones me afectan tanto?
Encontrar una explicación puede producir alivio porque algo que parecía incomprensible empieza a tener sentido.
El problema aparece cuando creemos que haber encontrado la explicación significa que la conducta necesariamente cambiará.
Puedo comprender que me cuesta delegar porque necesito sentir que tengo el control y, aun así, intervenir cada vez que alguien hace las cosas de una manera diferente a la mía.
Puedo reconocer que me cuesta poner límites porque temo decepcionar a otros y volver a decir que sí cuando quería decir que no.
Puedo saber que reacciono defensivamente cuando cuestionan mi criterio y, en la siguiente reunión, volver a justificarme antes de escuchar lo que la otra persona intenta decirme.
La comprensión hizo visible algo que antes no veía.
Pero todavía falta llevar esa comprensión a la realidad.
Una conducta no aparece aislada
Esta es una de las razones por las que en Posicionamiento Interno® no trabajo únicamente sobre la conducta visible.
Lo que hacemos puede estar relacionado con creencias, aprendizajes, experiencias anteriores, expectativas, nuestro autoconcepto, la manera en que interpretamos una situación y las estrategias que hemos desarrollado para sentir seguridad, pertenencia, reconocimiento o control.
Por eso dos personas pueden presentar una conducta parecida y, sin embargo, estar funcionando desde lugares internos completamente diferentes.
Comprender implica investigar qué está organizando mi respuesta y qué función puede estar cumpliendo.
No para justificarla.
Para dejar de responder desde ella sin siquiera advertirlo.
Entonces, ¿qué hacemos con lo que comprendemos?
Para mí, ahí comienza una parte fundamental del cambio.
Porque después de observar y comprender necesitamos desarrollar una posibilidad diferente de respuesta.
A ese movimiento lo llamo reposicionamiento.
Reposicionarnos no significa obligarnos a hacer lo contrario de lo que siempre hicimos ni construir una personalidad ideal.
Significa poder reconocer desde qué lugar interno estamos respondiendo y desarrollar otro desde el cual podamos elegir de una manera diferente.
Quizás antes un desacuerdo significaba amenaza y necesitábamos defendernos.
Quizás poner un límite significaba arriesgarnos a perder la aceptación del otro.
Quizás delegar significaba perder control.
El cambio no consiste únicamente en aprender que “debo escuchar”, “tengo que poner límites” o “necesito delegar”.
Consiste también en poder sostener una posición diferente cuando aparece la situación que antes activaba nuestra respuesta habitual.