Una organización puede tener perfectamente definidos sus valores, su modelo de liderazgo, las competencias esperadas, sus protocolos y sus procesos de evaluación. Puede formar a sus equipos en comunicación, delegación, inteligencia emocional, gestión de conflictos o liderazgo.
Y todo eso puede ser necesario.
Pero entre saber cómo deberíamos actuar y conseguir hacerlo cuando algo importante se pone en juego existe otra dimensión del comportamiento humano.
Un líder puede saber que necesita escuchar y ponerse a la defensiva cuando cuestionan una decisión.
Puede conocer perfectamente la importancia de delegar y comenzar a controlar cuando aumenta la incertidumbre.
Puede haber aprendido herramientas de comunicación asertiva y levantar la voz cuando siente que está perdiendo autoridad.
También puede ocurrir algo todavía más elemental: puede considerar que escucha, delega o se comunica respetuosamente y no advertir determinadas conductas que muestran algo diferente.
Entonces el problema ya no es solamente saber qué debería hacer.
Saber no significa necesariamente observar
Aprender una habilidad nos proporciona conocimientos, criterios y herramientas. Pero conocer una conducta esperada no significa necesariamente reconocer nuestra propia conducta cuando estamos dentro de la situación.
Podemos identificar perfectamente una comunicación defensiva cuando la vemos en otra persona y no advertir nuestro propio tono cuando alguien cuestiona nuestro criterio.
Podemos hablar de autonomía y no registrar cuántas veces intervenimos después de haber delegado.
Podemos valorar la escucha y, mientras alguien nos habla, estar preparando mentalmente nuestra respuesta.
Aquí aparece una primera distancia importante: la que existe entre aquello que sabemos y aquello que conseguimos observar de nosotros mismos.
Porque para modificar una respuesta primero necesitamos poder reconocerla.
Observar tampoco significa haber cambiado
Pero la autoobservación tampoco completa el proceso.
Una persona puede llegar a decir: “Sí, me doy cuenta de que hago esto”.
Incluso puede reconocerlo mientras está ocurriendo.
Y volver a hacerlo.
Ahí comienza otra pregunta: ¿qué está haciendo que esa respuesta siga apareciendo?
Una conducta no existe aislada. Está relacionada con la manera en que interpretamos una situación, con aquello que significa para nosotros y con respuestas que hemos aprendido y repetido a lo largo del tiempo.
Controlar puede reducir momentáneamente la incertidumbre. Evitar una conversación puede alejarnos del conflicto. Ponernos a la defensiva puede proteger nuestra percepción de competencia.
No necesariamente será así para todas las personas.
Precisamente por eso comprender importa.
La misma conducta visible puede estar organizada por estructuras internas diferentes y cumplir funciones distintas según la persona y el contexto.
Una competencia indica qué desarrollar. No necesariamente explica qué dificulta desarrollarlo
Pensemos en una organización que quiere fortalecer la empatía de sus líderes.
Puede definir qué espera de ellos, enseñar habilidades de escucha, trabajar diferentes formas de empatía y proporcionar herramientas para determinadas conversaciones.
Pero todavía pueden quedar preguntas abiertas.
¿Qué ocurre en una persona concreta cuando escuchar la perspectiva del otro se vuelve difícil?
¿Qué interpreta cuando alguien no está de acuerdo?
¿Qué hace cuando una emoción aumenta de intensidad?
¿En qué contextos puede ejercer esa capacidad y en cuáles parece perderla?
¿Qué respuesta aparece automáticamente y qué función está cumpliendo?
La competencia sigue siendo necesaria.
La dimensión interna permite investigar qué puede estar facilitando o dificultando que esa capacidad esté disponible cuando la persona realmente la necesita.