Lo que una organización aprende sin que nadie lo diga
El clima que una organización construye alrededor del error no se diseña solamente con políticas.
Las políticas pueden establecer que el error debe comunicarse. Los procesos pueden indicar cómo reportarlo. Los programas de liderazgo pueden enseñar a dar feedback y las metodologías pueden promover el aprendizaje.
Todo eso importa. Pero existe otra capa.
La que se transmite en las interacciones cotidianas.
¿Qué ocurre cuando alguien reconoce un error?
¿Qué sucede cuando una decisión no funciona?
¿El líder pregunta qué podemos aprender o busca inmediatamente quién fue responsable?
¿Se puede decir “no lo sé” sin perder autoridad?
¿Es posible cuestionar una decisión sin que eso sea interpretado como una amenaza?
¿Las personas pueden asumir riesgos razonables sin sentir que un resultado diferente al esperado pondrá en juego su valor dentro del equipo?
Estas experiencias van construyendo una relación colectiva con el error.
Y esa relación termina formando parte de la cultura, aunque nunca aparezca escrita en los valores de la organización.
Por eso, cuando una organización quiere desarrollar mayor capacidad de aprendizaje, innovación o adaptación, una de las preguntas más interesantes no es solamente cómo gestionar mejor los errores.
También es:
¿Qué está ocurriendo en el lugar interno desde el que las personas se relacionan con la posibilidad de equivocarse?
Y especialmente:
¿Qué está ocurriendo en quienes tienen la responsabilidad de conducirlas?
El costo de no mirar esa capa
Una organización puede cambiar procesos, protocolos y metodologías.
Puede implementar nuevos sistemas de feedback. Puede capacitar a sus líderes en comunicación. Puede hablar de seguridad psicológica, autonomía e innovación. Y aun así, meses después, encontrarse con dinámicas muy parecidas a las anteriores.
No necesariamente porque la intervención haya sido incorrecta. A veces ocurre porque se trabajó sobre una capa visible sin intervenir sobre aquello que la sostiene.
Si el líder continúa relacionándose con el error desde la necesidad de protegerse, controlar, justificarse o demostrar competencia, esas formas pueden seguir apareciendo incluso dentro de nuevos procesos.
Porque las personas no responden únicamente a lo que una organización declara. También responden a lo que experimentan. Y aquello que experimentan de manera repetida termina enseñándoles cómo funciona realmente ese sistema.
Por eso, el problema no es solamente el error que una organización comete.
Es todo lo que sus personas dejan de hacer para no equivocarse.
Cuando una persona puede relacionarse con el error desde un lugar diferente, no significa que deje de sentir frustración, miedo o incomodidad. Significa que puede empezar a observar qué se activa en ella, comprender qué hay detrás de esa respuesta y abrir la posibilidad de relacionarse con lo ocurrido de otra manera.
Y cuando esa posibilidad comienza a existir en quienes conducen, también puede empezar a cambiar aquello que el equipo aprende sobre el error. No porque alguien lo haya ordenado. Sino porque cambió el lugar desde donde se lidera.
Una organización que aprende de sus errores no es una organización que dejó de equivocarse.
Es una organización en la que equivocarse ya no significa dejar de aprender.
Si resonó y quieres llevar mis talleres, conferencias o mesas de trabajo a tu empresa, hablemos.
Sabrina V. Moreno
Conferencista | Estratega en Posicionamiento Humano
Neurociencia aplicada al liderazgo | Autora de La niñez que dolió