Sabrina Moreno

La prisión más difícil de romper es la identidad que nunca elegiste

No porque no quieras salir. Sino porque con el tiempo dejaste de verla como una prisión. Empezaste a verla como tú.

Hay personas que llevan años intentando cambiar algo que, en el fondo, ni siquiera saben que están defendiendo. No un comportamiento. No un hábito. Sino una versión de sí mismas que se instaló tan temprano, y se repitió tantas veces, que terminó sintiéndose como la única verdad disponible sobre quiénes son.

Todo empieza de la misma manera. En algún momento de la vida — muchas veces antes de tener las herramientas para elegir conscientemente — aprendemos formas de relacionarnos con el mundo. Formas de responder al error, a la autoridad, al conflicto, a la necesidad de pertenecer. Formas que en aquel momento fueron inteligentes. Necesarias. La mejor respuesta disponible para el contexto que estábamos viviendo.

El problema no es que las hayamos aprendido. El problema es lo que ocurre después. Con el tiempo, esas formas se automatizan. Dejan de ser algo que elegimos y se convierten en algo que simplemente somos. O más precisamente: en algo que creemos que somos.

No confundas quién eres con la forma en que aprendiste a adaptarte.
 

Cuando esa confusión se instala, ocurre algo muy específico: el cambio deja de ser una posibilidad y se convierte en una amenaza. Porque ya no sentimos que estamos cambiando una conducta. Sentimos que estamos borrando una parte de nosotros mismos. Y esa sensación — aunque no sea precisa — es lo suficientemente poderosa como para paralizar cualquier intento de transformación real.

Por eso hay personas que comprenden perfectamente sus patrones y aun así no los cambian. Por eso hay líderes que reconocen en una capacitación exactamente lo que están haciendo — y dos semanas después vuelven a hacerlo. La comprensión intelectual llegó. Pero el lugar interno desde donde esa persona se define a sí misma no se movió.

Comprender un patrón no es suficiente para transformarlo. El cambio real ocurre cuando cambia el lugar desde donde esa persona se mira.
 

Lo que llamo posicionamiento humano es, entre otras cosas, el trabajo de hacer visible esa distinción. No para destruir lo que una persona construyó — porque esa construcción tuvo una razón, y muchas veces una razón importante — sino para ayudarla a ver qué parte de lo que cree que es, en realidad, fue una forma de adaptarse a algo que ya no existe de la misma manera.

Cuando alguien puede hacer esa distinción — cuando puede decir «esto no soy yo, es lo que aprendí para funcionar en un contexto específico» — algo se abre. No de golpe. No sin trabajo. Pero se abre. Porque lo que antes parecía fijo empieza a verse como algo construido. Y todo lo que fue construido puede revisarse.

La prisión más difícil de romper no es la que otros construyen. Es la que uno mismo sostiene creyendo que es su casa.
 

En los equipos y organizaciones esto tiene consecuencias muy concretas. Las culturas no cambian solo con nuevos procesos o nuevas metodologías. Cambian cuando las personas que las sostienen pueden ver qué parte de su forma de operar viene de una elección real — y qué parte viene de una adaptación que nunca fue cuestionada.

Ese es el trabajo que más me interesa acompañar. No el de cambiar conductas desde afuera. Sino el de ayudar a descubrir, desde adentro, qué está siendo sostenido — y por qué.

Si reconociste algo en este texto — una identidad que no elegiste, un patrón que se defiende solo, una forma de ser que quizás sea una forma de haber aprendido a adaptarse — el trabajo empieza exactamente en ese reconocimiento.

Trabajo con líderes y organizaciones en conferencias, talleres, mesas de trabajo y sesiones ejecutivas diseñadas para intervenir donde el cambio real ocurre.

Si resonó, hablemos.

Sabrina V. Moreno | Conferencista | Estratega en Posicionamiento Humano | Neurociencia aplicada al liderazgo | Autora de «La niñez que dolió»

 

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